No hace mucho tiempo me encontraba reflexionando en mi habitación, recuerdo que en aquel momento me habitaba una profunda angustia, tan profunda que no lograba determinar cuál era su origen, desde donde provenía; intentaba e intentaba determinar su causa, pero no podía lograrlo. Así permanecí conviviendo con aquella desagradable sensación durante unas horas de ese día, hasta que espontáneamente emergió en mí algo que además de sorprenderme me produjo una sensación que me llevó al borde de las lágrimas.

Fue en ese momento en que la emoción se volvió mucho más intensa, y  sin buscar respuestas, las respuestas llegaron; sin buscar calma, la calma llegó; sin buscar las lágrimas, ellas se mostraron, sin saber de donde provenían o que era aquello que las hacía emerger. Fue entonces cuando luego de unos minutos de transitar esa profunda sensación llegó la calma, la calma luego de la tormenta. Calma que apareció sin saber de dónde provino o como se hizo presente, me invadió una sensación de paz interna tan necesitada ante lo que estaba sintiendo.

Hoy reflexiono acerca de aquel momento y recuerdo que no fueron mis pensamientos conscientes o las frases aprendidas, los que me ayudaron a transitar aquella tormenta, ni siquiera los concejos bien intencionados de quienes en ese momento me rodeaban. El ir hacia adentro y escuchar lo que mi corazón tenía para decirme fue lo que inesperadamente liberó algo que estaba conectado a aquella emoción que me había abordado.

La conexión profunda con mi ser, a través del sentir mi cuerpo, entregándome a lo que este pudiera brindarme fue la puerta que me permitió conectar con la sabiduría que necesitaba para reponerme y re tomar el rumbo.

Hoy en día predomina en gran parte de la sociedad una cultura relacionada con la superación y el bienestar personal basado en una idea de éxito fácil y recetas mágicas ante los diferentes desafíos que la vida presenta. Ante los diferentes problemas y obstáculos cotidianos se tiende a reaccionar desde una mirada simplista y efímera que muchas veces más allá de solucionar el conflicto lo que produce es una profundización del mismo, agudizando la confusión y la angustia presente.

Esta idea de éxito fácil y simplismo pragmático, quizás se pueda aplicar en algunos dominios de la vida; es así que en el ámbito competitivo quizás sea adecuada, en el ámbito ejecutivo y empresarial quizás también; entre otros, pero no se puede pretender que cuando hablamos del ser, del comportamiento humano y el crecimiento personal aplique el mismo concepto.

En este sentido, para salir adelante estoy convencido que el camino debe ser aquel que permita escucharnos íntimamente, el que nos permita aprender verdaderamente sobre nuestros procesos individuales, el que nos brinde el empoderamiento necesario para ser partícipes conscientes de nuestros propios cambios, aquellos que en el mientras nos brinden los aprendizajes para una auténtica maduración existencial. Solo así podremos pararnos frente a nuestros próximos desafíos con la fuerza y solidez que se traducirá en acciones verdaderamente efectivas.

En aquel día de mi vida cuando me encontraba confuso y angustiado, la conexión con mi mundo interno fue lo que me ayudó a recobrar la calma y el rumbo hacia una sensación de mayor bienestar. Ese día recordé que para ver la luz en el camino debo escucharme, debo darle lugar a mis emociones y a la sabiduría que ellas poseen; recordé que visualizar el objetivo es importante pero mas aún, es el escuchar lo que nuestro mundo interno tiene para decirnos.

Hoy entiendo que el aprendizaje sobre nosotros mismos, a través de un camino de verdadera auto observación, dejando de lado el camino superficial y simplista, es la alternativa para obtener una transformación contundente y sostenida en el tiempo. Para ello, conectar con lo que yo llamo el cuerpo sentido es la puerta que nos abrirá la posibilidad de avanzar hacia una mayor comprensión de nuestra vida, una comprensión más propia y auténtica.