Muchas veces permanecemos cotidianamente en un estado emocional que nos vuelve la vida gris y sin sentido. Nos preguntamos una y otra vez la causa de estas emociones sin encontrar una respuesta clara a este interrogante. Nuestro cuerpo lo manifiesta en la falta de energía, nuestros pensamientos se nublan, la mirada de la vida se torna pesimista. Nos encontramos en una espiral en la cual giramos y giramos sin poder salir de ella.

Las raíces principales de nuestros estados emocionales, ya sean agradables como la alegría o desagradables como la angustia a veces no se encuentran al alcance de nuestra mirada. En nuestro mundo interno se encuentra una dinámica muy compleja e inabarcable para nuestro entendimiento. En lo profundo de nuestro ser viven diálogos imperceptibles que conforman esta dinámica siendo determinantes en la mirada que tenemos sobre la vida. Nuestras interpretaciones de la realidad son el resultado de este lenguaje que se encuentra aún más en lo profundo de nuestro ser.

Es así, que muchas veces nuestras acciones y nuestros estados emocionales disfuncionales que nos impiden ver con claridad el rumbo hacia el logro de nuestros deseos y sueños son generados desde esa llamada ¨Estructura profunda del lenguaje¨, nuestro fluir emocional en la vida es una creación que nace desde este lenguaje interno.

Muchas veces dentro nuestro se encuentran voces no escuchadas que nos llevan a conectar con emociones que nos juegan en contra, como la angustia, el temor, la ira, la desmotivación etc.

Para plantearnos objetivos personales es necesario atender a este mundo interno si realmente deseamos que nuestras intenciones no se tiñan de emociones que nos lleven a tomar decisiones que atenten contra el éxito anhelado.

Si deseamos elaborar un plan efectivo y exitoso hacia nuestras metas el primer paso del recorrido es acercarnos cada día más a una toma de consciencia de nuestro mundo interno, toma de consciencia entendida como la mayor claridad sobre quienes estamos siendo en cada momento. Para ello solo basta con predisponernos a una actitud más contemplativa de nosotros, se trata de comenzar a observarnos en nuestros pequeños actos, preguntarnos sobre la calidad de nuestros pensamientos y también observar las emociones que predominantemente nos habitan. No menos importante es hacer consciente lo que el cuerpo intenta comunicarnos, quizás a partir de ello notemos una habitual fatiga, un desgano o quizás en sentido contrario pueda ser la euforia o la hiperactividad acompañada por el entusiasmo, todas ellas son señales que nos brindan un mayor conocimiento sobre lo que está sucediendo en nosotros.

No podemos iniciar un camino si antes no descubrimos dónde y como nos encontramos, solo así podremos conocer que recursos y herramientas necesitamos adquirir para emprender el viaje a través de un nuevo aprendizaje.

Escucharnos, siendo en el mientras compasivos con nosotros mismos es el comienzo. Poseemos a nuestro alcance infinidad de señales que, si aprendemos a escucharlas, podremos obtener información valiosa que nos permitirán conocernos aún más y comenzar a diseñar un futuro mejor, hacia el logro de un mayor bienestar.